viernes, 12 de julio de 2019

                       PALABRAS MUY NUESTRAS 



Once palabras pertenecientes al habla local de Cuevas de Velasco y que no están recogidas en el Diccionario de Cuevas de Velasco. 

Incensorear. Cacharrear. Ir y venir tratando de arreglar u ordenar algo sin saber bien cómo hacerlo. Realizar una actividad manipulando cachivaches o artilugios sin obtener un resultado contundente. 

El uso del incensario requiere subir la tapa deslizándola por las cadenas, depositar el incienso y la ceremonia de incensar, expeliendo el humo. Todo ello genera unos traqueteos y chasquidos metálicos. El resultado de la ceremonia es solo humo… 

Ha estado incensoreando toda la mañana. ¿Y qué ha sacado en claro? Na de na

Rascapola. Altercado, pelea, riña, protesta, pelotera. Discusión. Alboroto. 

¡Pues vaya una rascapola que han armado los dos perros! 


Munir. Hozar. Levantar la tierra los animales para buscar la comida o hacer madrigueras. 

Esto lo tien los conejos to munío. 

Perqués. Gesto, contorsión visaje. Movimiento intencionado con el rostro o con cualquier parte del cuerpo realizado para llamar la atención. 

Hay un tío al otro lado del río haciendo perqueses y visajes. ¿Qué querrá? 



Cachunera. Cachera, madriguera de animales. También choza o escondrijo. 

¡Ea! Aquí estamos metidos en la cachunera toa la tarde

Telo. Telilla gelatinosa que envuelve algunos órganos. Capa que se forma sobre la nata y sobre otros fluidos. 

Se me pone un telo en el ojo y no veo ni gota, chico



Mierdaseca. Chiquilicuatre. Tipo pusilánime, cuya opinión no se tiene en cuenta. Botarate. 

¡Es un mierdaseca! No pues contar con él pa na. 

Reinar. Decir tonterías. Fantasear. Entregarse a una idea obsesiva y absurda. 

¡Pero qué tonterías estás diciendo! Tú reinas, ¿no? 

Quinta pija. Lugar remoto. Sitio muy apartado, impreciso, que se menciona para indicar que algo o alguien están muy lejos. 

¿Cabezas Albas? Eso está en la quinta pija, casi en lo de Valdecolmenas. 

Tranca. Usado en la expresión “estar hasta las trancas” indica plenitud, abundancia, excedencia. 

Las trancas o trencas son unos travesaños interiores existentes en las colmenas de vaso. Cuando la miel era abundante sobrepasaba las trancas. De ahí la expresión que se ha generalizado con otras sustancias.


Diente. Las almendras o almendrucos de diente son aquellos que pueden machacarse con los dientes o incluso con los dedos. 

Están muy ricos estos almendrucos de diente.


sábado, 29 de junio de 2019

                        LA PRIMERA COMUNIÓN 



Me arrodillo ante el primer altar, que está situado al lado de la casa de la posada, en la intersección de las calles de Atocha y La Iglesia. Miro los pétalos de rosa, como almitas desmayadas sobre el blanquísimo tapete que cubre la mesa. Entre dos jarrones de claveles rojos, un niño Jesús con gesto grave de adulto preocupado nos mira desde su peana, con su dedo no se sabe bien si indulgente o admonitorio. 

Al término del “Altísimo Señor...” se hace el silencio. Solo se oye algún carraspeo, el tañido de las campanas, el chasquido de las cadenas del incensario. El embriagador aroma del incienso. 



Un rezo recitado con prisas, hermético y enigmático, replicado por el sacristán y un par de señoras que tienen a gala conocer todas las respuestas de la liturgia, y el “amén” de toda la feligresía, que es como decir de todo el pueblo. Luego el sacerdote toma la custodia y la comitiva enfila hacia la calle Atocha.



El “Cantemos al amor de los amores” resuena entonces en lo más angosto de la calle de forma solemne. Destaca, eso sí, por encima de todas las voces, la de una señora con ínfulas de mezzosoprano. Sus arreones líricos tapan las demás voces, pero donde su canto alcanza el clímax es en los melismas excesivos en los que parece ignorar al resto de coristas e ir por libre alargando el neuma con alaridos personalísimos. 



Otro altarcillo, instalado a mitad de la calle Atocha, está presidido por un Buen Pastor flanqueado por dos búcaros de lirios tardíos. Hay una bella alfombra sobre la cual nos postramos los seis protagonistas del día. Una piedra angulosa clavada en la rodilla acucia, pero hay que mantener la compostura. El silencio se hace largo. Un gorrión sale volando de su agujero ahuyentado por los berridos estentóreos de la cantante y se mueve inquieto desde el alero a la parra temiendo que sus huevos se enfríen. El clic de una Werlissa, un auténtico lujo, deja memoria de este momento. 

El sacerdote echa a andar de nuevo, bajo palio, portando la custodia, mientras entona el “Alabad al Señor, sus grandezas cantad...” La frustrada cantante lírica hincha el pecho y se dispara con una potencia intimidatoria. No hay modo de seguir sus improvisados arreglos y al final se queda sola cantando. 



En otra mesita, cubierta por un bello tapete de filigranas de vainica, un Niño Jesús nos recibe plácidamente tendido en su cuna. Dos floreros repletos de tupidas lilas le sirven de marco. Sobre la alfombra hay gran profusión de hojas de lirio y de rosas. Tras el altarcillo, para cubrir el muro donde solemos cazar gurguneros, han colocado una rica colcha de brocados florales. Y entre la mesita y la colcha, piadosamente agazapada, está la señora de la casa, sujetando los búcaros. Parece una pitonisa a la espera de pronunciar el oráculo. 

La procesión es gozosa. Se respiran las fragancias de las flores, mezcladas con el exótico sahumerio del incienso. Los rincones engalanados para recibir al Santísimo parecen estallidos de color en un pueblo gris. El repique esparce desde la alta torre los sones de júbilo y en los rostros de la gente se aprecian claros signos de entusiasmo. 

El suelo del templo se ha alfombrado con hierbas del Señor. El paso de la comitiva remueve el cantueso, la mejorana y la morquera. El aire se llena de alcanfores y bálsamos que aturden a los feligreses. 

La liturgia del día del Señor es solemne. Cada parte se realza con esplendor. Y cuando llega el momento culmen, uno se siente absolutamente desbordado por la emoción, la responsabilidad y un cierto temor. La sagrada forma se voltea en la boca y se adhiere al paladar. Mal trago para un niño de primera comunión. Con paciencia todo sigue su curso. Y ya, relajado, se oye el “Tantum ergo, sacramentum...” que resuena por las bóvedas de la iglesia.


Un cielo inmenso, limpio, color cobalto, arropa la aldea. La brisa cimbrea ligeramente los olmos y arma en los trigales ondas que recorren la vega. Una bandada de tordos procedente de los cerezos alcanza la torre y en la acacia los jilgueros gorjean con agudos chisporroteos y frenéticas escalas de carrillón. 

El día del Corpus es día grande y la gente va muy arreglada. Los más acomodados lucen traje de tergal, los primeros prêt à porter. Las señoras se atreven con modelos muy ceñidos. La cantante va embutida en un traje de falda y chaqueta granate. Los hombres más modestos muestran la vulgar elegancia de un pantalón de pana y una camisa blanca, con la boina arreguñada entre las manos y el rostro requemado por el sol y la intemperie. 



La primera comunión es un hito notable en la vida, una cristianizada ceremonia de iniciación. Pero, sobre todo, el día de la primera comunión es el momento del que quizá se conserva el recuerdo completo más remoto de la historia de una persona. Luego, la vida resulta ser un reflejo de ese día: propósitos, deseos, emociones, inquietudes, dudas, ilusiones, temores…, todo mezclado.

NOTA: Las fotos en color de este artículo pertenecen al Corpus del presente año de 2019.

domingo, 2 de junio de 2019

                        LOS SONIDOS DEL PUEBLO II 


1. Los pájaros en la iglesia. 
La iglesia de Cuevas viene a ser un arca de Noé invertida surcando estos mares de la Alcarria. Y en esta  arca para la salvación de las especies habitan miles de pájaros: tordos, palomas, gorriones, vencejos, mochuelos, lechuzas… Antes había también alcotanes y hasta grajas. En primavera llama la atención el enjambre de aves que gira alrededor de la iglesia y su torre. Algunas, como los vencejos, llegan desde el sur para anidar en las boquillas del tejado y allí pasan varias horas al día. Se organizan en nubes y ruedan en círculos tangentes al edificio emitiendo un griterío frenético. Quién sabe lo que significará ese ritual que repiten un día y otro día.


2. Los tordos en los arreñales . 
Los tordos, o estorninos, son pájaros muy tímidos, y, más que tímidos, precavidos. Vayan donde vayan siempre queda uno de centinela y basta un sólo silbido para que la bandada salga de estampida. Los tordos tienen una voz prodigiosa: lo mismo maúllan como un gato, que cacarean imitando a una gallina, pero su interpretación estelar es un silbido limpio, potente y agudo que suena como un requiebro. A veces, un solo individuo es capaz de reproducir un parloteo con varios registros que suena como la cháchara de un patio de vecinos. 



3. El chatarrero a las diez. 
A las diez de la mañana llega el chatarrero al pueblo y lo atraviesa anunciándose por megafonía con la monserga mil veces repetida: “Ha llegado el chatarrero...” De los chatarreros se dice que se llevan de los pueblos auténticas joyas: muebles, artefactos, cachivaches, antigüedades ya sin valor práctico, pero con un importante valor patrimonial y cultural.

4. El tren de las ocho. 
Hacia las ocho de la tarde baja el tren de Cuenca. Recorre la vega de Cuevas con su estropicio de tren viejo, de ferrocarril antiguo, de vía férrea en estado terminal. Ya no verá la vega de este pueblo los rápidos convoyes del siglo XXI que surcan los campos a la velocidad del rayo. Aunque, quién sabe, quizá conviene más a este pueblo antiguo una línea férrea primitiva.


5. El viento en la Peña. 
Cuando el viento se enoja sopla en la Peña con furia, brama a ráfagas y muge con un sonido grave que amedrenta a las gentes y las despacha a sus casas, al lado del fuego, y aún allí las intimida con bocanadas que bajan por las chimeneas. En primavera el viento es más indulgente, menos brusco, más dialogante... 


6. El ruiseñor en la Rivera. 
El ruiseñor es un solista prodigioso. Sus notas metálicas y acuáticas son sorprendentes. El ruiseñor se ensimisma en su canto y con frecuencia le sorprende la noche emitiendo sus silbidos y borboteos. Su melodía es variada. Sus solos no tienen parangón en la naturaleza. 


7. Los corderos de José. 
Estos pequeños se desesperan cuando tardan en venir las madres. Permanecen atentos a los balidos de las ovejas y cuando las oyen aproximarse reclaman su alimento. Balan para que sus madres puedan localizarlos. Solo el calor y el fluido nutritivo de las ubres calma sus inquietudes.



8. El canto del autillo. 
Hacía algunos veranos que no se oía el autillo. Esta primavera hemos vuelto a oírlo. Su canto llega desde lejos como un silbo tímido y oscuro procedente de quién sabe qué agujero o qué rama. Esta pequeña rapaz nocturna insiste con su canto repetitivo como si tañera una flauta con un único agujero. Confiere a la noche del pueblo un encanto especial. Junto con los grillos, el ulular del autillo es la reivindicación de la existencia de la fauna nocturna. 
No hace mucho un búho cantaba desde el Vallejuelo y otro le daba la réplica por la Peñueña. Los había por los olivos de los arreñales, en la Rivera, en los Cañamares y hasta en la torre de la iglesia. Si ponemos atención este verano seguro que podremos oír alguno todavía, pero están en retroceso. Algo habría que hacer por estos vecinos de costumbres noctámbulas.




martes, 21 de mayo de 2019

              FESTIVIDAD DE SAN ISIDRO EN CUEVAS 




El día 15 de mayo, festividad de san Isidro Labrador, se celebró en Cuevas de Velasco la procesión tradicional con el santo, abogado de los agricultores, la misa y una comida de hermandad patrocinada por el coto local de caza. 



Hacia la una y cuarto salió la imagen de san Isidro, portada por cuatro labradores, en dirección al Castillo. Allí el sacerdote celebrante, don Leandro, interrumpió la letanía en latín y dirigió al santo madrileño unas oraciones e invocaciones para que protegiera las cosechas. Luego prosiguió la letanía por las calles de Atocha, Olivo y Norte hasta la iglesia. 


Finalizados los actos religiosos, casi todos los presentes en el pueblo, unos treinta, nos concentramos en la plaza para asistir a una comida ofrecida por el Coto local.





miércoles, 15 de mayo de 2019



         II CAMINATA DE CUEVAS A LAS ANGUSTIAS 



El pasado día once de mayo, a eso de las seis de la mañana, nos concentramos en las inmediaciones de la fuente Canela los veinte caminantes que habíamos anunciado la participación en la II Caminata a las Angustias. Se anunciaba un día radiante y así sucedió. 



Hacia las seis y cuarto, cuando aún no se había descorrido el velo del día y el lucero del alba se resistía a entregar su testigo al astro rey, tomamos el antiguo camino de Cuenca, por la callejuela de las eras y enfilamos por las ruinas de la ermita hacia el Rebollar. 



Reinaba en la expedición un ambiente de fraternidad y de ilusión. Y es que el gozo del caminante al comenzar la jornada olvida las penalidades que le aguardan, del mismo modo que al coger las rosas uno olvida las espinas. 

Los altozanos de Miralobueno y el Rebollar se coronaron a buen ritmo, casi con urgencia, como deseando ver síntomas claros del nuevo día. Y tras el último remonte, el del Huerto del Hurón, apareció en el horizonte una acuarela de tonos amarillentos, rojizos y azafrán. La negrura abandonaba los campos y volvía a sus profundas grutas, mientras un nutrido coro de pajarillos -rebalbas, trigueros, totovías…-, heraldos del día en ciernes, ponían en los aires su incansable reclamo. 



La hechura del camino crea vínculos entre los caminantes, desvela motivos ocultos, descubre solidaridades. Va fraguando cierto sentimiento de grupo, de familia itinerante. Y cuanto más nos aproximamos al destino más vivo y sólido es ese nexo. 

Al saltar al término de Villar del Saz y luego al de Navalón, los organizadores , con muy buen criterio, habían trazado el recorrido por las pistas que recorren los montes, lejos de las carreteras, en dirección a Jábaga. 



Mayo siente predilección por estas tierras y las obsequia con flores y verdores inusitados, casi lujuriosos. Los campos ofrecen un panorama magnífico. Los robles salpican los pinares con sus juveniles trajes verdes y acá y allá se abren campos de cebada como escenarios sobre los que fueran a aparecer faunos, ninfas y diosas de la naturaleza. 

De cuando en cuando se hace una pausa para esperar a los rezagados y para recapitular sobre el kilometraje que se lleva recorrido. 

Tras un descenso largo, por una cuidada y espaciosa pista forestal, desembocamos en Jábaga, cuya fábrica de chocolate, proporciona al lugar un aire de abadía inglesa. 

Un pequeño parque nos acoge. Es el momento del refrigerio de media mañana, la revisión de los doloridos pies, el aseo y la sustitución de algunas prendas de vestir. 

Luego, los veinte expedicionarios seguimos bregando por los montes hasta darnos de bruces con la ruidosa autovía, la carretera nacional y la civilización. 

Después de atravesar el río Júcar a la altura de Albaladejito, proseguimos por la rivera hacia el Terminillo. Y es en este tramo desprovisto de vegetación y con un sol de justicia cuando los caminantes deben enfrentarse a sus limitaciones. La firme determinación de la culminación y la proximidad de la meta insuflan los ánimos necesarios. 



La ascensión desde el Recreo Peral al Santuario de las Angustias exige al expedicionario una última prueba de resistencia y de tenacidad. 

La Virgen, de bellísimo rostro transido por el dolor, recibe a los peregrinos, a todos por igual, aunque los caminantes, fiel reflejo de la sociedad, llegan hasta aquí movidos por diferentes impulsos, si bien todos, de uno u otro modo, con la esperanza de lo trascendente. 

Una sencilla ceremonia y el rito de la veneración de la popular Virgen de las Angustias, una de las cuatro patronas de Cuenca, dan por concluida la marcha. 

Luego, como colofón a este periplo viajero, nos trasladamos a un restaurante de la plaza Mayor donde disfrutamos de una comida de hermandad. 



Tras la experiencia quedan en el alma del caminante varios sentimientos: la sensación de un deber cumplido, un reto alcanzado, un día de camaradería y charla, pero sobre todo, queda, como en esa leyenda oriental de la que habló Laura, la iniciadora de esta Caminata, la sensación de los veinte caminantes de que un invisible hilo rojo unirá ya nuestras muñecas para siempre.

viernes, 3 de mayo de 2019


                                    LOS MAYOS 2019 



Un año más, en la noche del 30 de abril, nos hemos reunido para cantar los mayos. Tratamos de mantener viva esta antigua tradición, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos (hay autores que indican que procede de la fusión de las culturas fenicia y celta). 




Los mayos vienen a saludar la llegada del buen tiempo y a dar carpetazo a los fríos. Se ven en los campos las primeras amapolas y las florecillas que aquí llamamos mayos, que se conocen en general como margaritas silvestres, visten los prados y los ribazos. 

Como es bien sabido, los mayos se cantaban antiguamente para declarar las aspiraciones de un mozo a una moza. Se aprovechaba este rito antiguo para mostrar el interés por una moza. Los rondadores acudían ante la casa de la joven, cantaban los mayos y para que no hubiera posibilidad de confusión se incorporaban a la canción los nombres del pretendiente y de la pretendida. 





Quizá todo este procedimiento pueda parecer algo aparatoso, pero ha de tenerse en cuenta que el cortejo antiguamente no resultaba fácil. Con frecuencia las madres, las abuelas, las tías, las hermanas y hermanos mayores tejían alrededor de la muchacha unos filtros y parapetos impenetrables que solo se aflojaban si se estimaba que el pretendiente eran un buen partido. 

Con este pretexto, se reunían los mozos, preparaban la zurra, templaban los instrumentos y pasaban parte de la madrugada del treinta de abril al uno de mayo rondando a las mozas. 

La iglesia reclamó atención para la Virgen, a la cual también se le dedica su mayo. 

Este año nos hemos reunido 34 personas, con guitarra y acordeón, para cantar los mayos y anunciar que ya ha llegado la primavera, la de verdad, la de las flores a raudales, el vientecillo suave y cálido, los trinos de los pájaros en sus paradas nupciales, los chubascos imprevistos y los verdes campos de cebadas crecidas. 

Os pedimos a todos que sigáis acudiendo para mantener esta antigua tradición. Agradecemos mucho la respuesta que habéis tenido.

lunes, 8 de abril de 2019


                           FOTOS DE AQUÍ Y DE ALLÁ



Coronación de la Virgen de las Angustias de Cuenca. Tuvo lugar el 30 de mayo de 1957. Además de una nutrida representación del pueblo de Cuevas, la imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia y de la Salud iba acompañada por seis madrinas, catorce jóvenes vestidas de serranas, seis niños vestidos de serranillos y cuatro mujeres ataviadas con vestiduras antiguas. La danza de Cuevas, con su típico paloteo, acompañó a la procesión durante todo el trayecto.



Procesión del día del Cristo en Cuevas de Velasco. La imagen está tomada en el momento en que la procesión avanza desde el final de la calle del Paraíso a la calle del Calvario.


El asno de Félix bebe en la fuente Canela. La llegada de la fuente Canela al pueblo fue un acontecimiento señalado. Antes, las bestias abrevaban en la fuente del Caño.




Nochevieja en Cuevas de Velasco. Celebración de la fiesta de Nochevieja en los salones polivalentes de las antiguas escuelas.


La Cruz del Cura. En realidad es el rollo de justicia de Cuevas. Un símbolo muy importante, pues los pueblos que lo ostentaban tenían jurisdicción propia en primera instancia y no dependían de otra ciudad mayor. La imagen corresponde al momento en que se restauró tras un acto de vandalismo. 




Azafrán. El cultivo del azafrán ocupó en otro tiempo una superficie considerable. Hoy ha quedado reducido a algunas cebollas que se siembran en los corrales o en los jardines. 



Procesión del día del Cristo en Cuevas de Velasco. La imagen corresponde a mitad de la década de los 60, del siglo pasado, cuando ya comenzaba a notarse la caída del pueblo por la emigración. La imagen del Cristo finaliza el recorrido de la calle del Paraíso.


Brigada de obreros ferroviarios. Cuevas de Velasco contó durante muchos años con una brigada formada por entre seis y ocho obreros. 


 Mozos y  mozas. Imagen que corresponde a los años setenta del siglo pasado.


El paseíllo. En Cuevas hubo una afición taurina notable. Hemos podido ver incluso crónicas de principio del siglo XX escritas en los principales diarios de Madrid. Esta imagen corresponde a uno de los últimos festejos con vaquilla que tuvieron lugar en el pueblo. Solía arreglarse una especie de ruedo en las eras o, como en este caso, en un corral que había entre las calles del Arco y el Castillo, en el llamado corral de la Machueca.




Danza de Cuevas. Sorprendente grabación encontrada en la Biblioteca Nacional. La calidad tanto de la imagen como del sonido deja que desear, pero se trata de un documento de gran valor.