sábado, 29 de junio de 2019

                        LA PRIMERA COMUNIÓN 



Me arrodillo ante el primer altar, que está situado al lado de la casa de la posada, en la intersección de las calles de Atocha y La Iglesia. Miro los pétalos de rosa, como almitas desmayadas sobre el blanquísimo tapete que cubre la mesa. Entre dos jarrones de claveles rojos, un niño Jesús con gesto grave de adulto preocupado nos mira desde su peana, con su dedo no se sabe bien si indulgente o admonitorio. 

Al término del “Altísimo Señor...” se hace el silencio. Solo se oye algún carraspeo, el tañido de las campanas, el chasquido de las cadenas del incensario. El embriagador aroma del incienso. 



Un rezo recitado con prisas, hermético y enigmático, replicado por el sacristán y un par de señoras que tienen a gala conocer todas las respuestas de la liturgia, y el “amén” de toda la feligresía, que es como decir de todo el pueblo. Luego el sacerdote toma la custodia y la comitiva enfila hacia la calle Atocha.



El “Cantemos al amor de los amores” resuena entonces en lo más angosto de la calle de forma solemne. Destaca, eso sí, por encima de todas las voces, la de una señora con ínfulas de mezzosoprano. Sus arreones líricos tapan las demás voces, pero donde su canto alcanza el clímax es en los melismas excesivos en los que parece ignorar al resto de coristas e ir por libre alargando el neuma con alaridos personalísimos. 



Otro altarcillo, instalado a mitad de la calle Atocha, está presidido por un Buen Pastor flanqueado por dos búcaros de lirios tardíos. Hay una bella alfombra sobre la cual nos postramos los seis protagonistas del día. Una piedra angulosa clavada en la rodilla acucia, pero hay que mantener la compostura. El silencio se hace largo. Un gorrión sale volando de su agujero ahuyentado por los berridos estentóreos de la cantante y se mueve inquieto desde el alero a la parra temiendo que sus huevos se enfríen. El clic de una Werlissa, un auténtico lujo, deja memoria de este momento. 

El sacerdote echa a andar de nuevo, bajo palio, portando la custodia, mientras entona el “Alabad al Señor, sus grandezas cantad...” La frustrada cantante lírica hincha el pecho y se dispara con una potencia intimidatoria. No hay modo de seguir sus improvisados arreglos y al final se queda sola cantando. 



En otra mesita, cubierta por un bello tapete de filigranas de vainica, un Niño Jesús nos recibe plácidamente tendido en su cuna. Dos floreros repletos de tupidas lilas le sirven de marco. Sobre la alfombra hay gran profusión de hojas de lirio y de rosas. Tras el altarcillo, para cubrir el muro donde solemos cazar gurguneros, han colocado una rica colcha de brocados florales. Y entre la mesita y la colcha, piadosamente agazapada, está la señora de la casa, sujetando los búcaros. Parece una pitonisa a la espera de pronunciar el oráculo. 

La procesión es gozosa. Se respiran las fragancias de las flores, mezcladas con el exótico sahumerio del incienso. Los rincones engalanados para recibir al Santísimo parecen estallidos de color en un pueblo gris. El repique esparce desde la alta torre los sones de júbilo y en los rostros de la gente se aprecian claros signos de entusiasmo. 

El suelo del templo se ha alfombrado con hierbas del Señor. El paso de la comitiva remueve el cantueso, la mejorana y la morquera. El aire se llena de alcanfores y bálsamos que aturden a los feligreses. 

La liturgia del día del Señor es solemne. Cada parte se realza con esplendor. Y cuando llega el momento culmen, uno se siente absolutamente desbordado por la emoción, la responsabilidad y un cierto temor. La sagrada forma se voltea en la boca y se adhiere al paladar. Mal trago para un niño de primera comunión. Con paciencia todo sigue su curso. Y ya, relajado, se oye el “Tantum ergo, sacramentum...” que resuena por las bóvedas de la iglesia.


Un cielo inmenso, limpio, color cobalto, arropa la aldea. La brisa cimbrea ligeramente los olmos y arma en los trigales ondas que recorren la vega. Una bandada de tordos procedente de los cerezos alcanza la torre y en la acacia los jilgueros gorjean con agudos chisporroteos y frenéticas escalas de carrillón. 

El día del Corpus es día grande y la gente va muy arreglada. Los más acomodados lucen traje de tergal, los primeros prêt à porter. Las señoras se atreven con modelos muy ceñidos. La cantante va embutida en un traje de falda y chaqueta granate. Los hombres más modestos muestran la vulgar elegancia de un pantalón de pana y una camisa blanca, con la boina arreguñada entre las manos y el rostro requemado por el sol y la intemperie. 



La primera comunión es un hito notable en la vida, una cristianizada ceremonia de iniciación. Pero, sobre todo, el día de la primera comunión es el momento del que quizá se conserva el recuerdo completo más remoto de la historia de una persona. Luego, la vida resulta ser un reflejo de ese día: propósitos, deseos, emociones, inquietudes, dudas, ilusiones, temores…, todo mezclado.

NOTA: Las fotos en color de este artículo pertenecen al Corpus del presente año de 2019.

domingo, 2 de junio de 2019

                        LOS SONIDOS DEL PUEBLO II 


1. Los pájaros en la iglesia. 
La iglesia de Cuevas viene a ser un arca de Noé invertida surcando estos mares de la Alcarria. Y en esta  arca para la salvación de las especies habitan miles de pájaros: tordos, palomas, gorriones, vencejos, mochuelos, lechuzas… Antes había también alcotanes y hasta grajas. En primavera llama la atención el enjambre de aves que gira alrededor de la iglesia y su torre. Algunas, como los vencejos, llegan desde el sur para anidar en las boquillas del tejado y allí pasan varias horas al día. Se organizan en nubes y ruedan en círculos tangentes al edificio emitiendo un griterío frenético. Quién sabe lo que significará ese ritual que repiten un día y otro día.


2. Los tordos en los arreñales . 
Los tordos, o estorninos, son pájaros muy tímidos, y, más que tímidos, precavidos. Vayan donde vayan siempre queda uno de centinela y basta un sólo silbido para que la bandada salga de estampida. Los tordos tienen una voz prodigiosa: lo mismo maúllan como un gato, que cacarean imitando a una gallina, pero su interpretación estelar es un silbido limpio, potente y agudo que suena como un requiebro. A veces, un solo individuo es capaz de reproducir un parloteo con varios registros que suena como la cháchara de un patio de vecinos. 



3. El chatarrero a las diez. 
A las diez de la mañana llega el chatarrero al pueblo y lo atraviesa anunciándose por megafonía con la monserga mil veces repetida: “Ha llegado el chatarrero...” De los chatarreros se dice que se llevan de los pueblos auténticas joyas: muebles, artefactos, cachivaches, antigüedades ya sin valor práctico, pero con un importante valor patrimonial y cultural.

4. El tren de las ocho. 
Hacia las ocho de la tarde baja el tren de Cuenca. Recorre la vega de Cuevas con su estropicio de tren viejo, de ferrocarril antiguo, de vía férrea en estado terminal. Ya no verá la vega de este pueblo los rápidos convoyes del siglo XXI que surcan los campos a la velocidad del rayo. Aunque, quién sabe, quizá conviene más a este pueblo antiguo una línea férrea primitiva.


5. El viento en la Peña. 
Cuando el viento se enoja sopla en la Peña con furia, brama a ráfagas y muge con un sonido grave que amedrenta a las gentes y las despacha a sus casas, al lado del fuego, y aún allí las intimida con bocanadas que bajan por las chimeneas. En primavera el viento es más indulgente, menos brusco, más dialogante... 


6. El ruiseñor en la Rivera. 
El ruiseñor es un solista prodigioso. Sus notas metálicas y acuáticas son sorprendentes. El ruiseñor se ensimisma en su canto y con frecuencia le sorprende la noche emitiendo sus silbidos y borboteos. Su melodía es variada. Sus solos no tienen parangón en la naturaleza. 


7. Los corderos de José. 
Estos pequeños se desesperan cuando tardan en venir las madres. Permanecen atentos a los balidos de las ovejas y cuando las oyen aproximarse reclaman su alimento. Balan para que sus madres puedan localizarlos. Solo el calor y el fluido nutritivo de las ubres calma sus inquietudes.



8. El canto del autillo. 
Hacía algunos veranos que no se oía el autillo. Esta primavera hemos vuelto a oírlo. Su canto llega desde lejos como un silbo tímido y oscuro procedente de quién sabe qué agujero o qué rama. Esta pequeña rapaz nocturna insiste con su canto repetitivo como si tañera una flauta con un único agujero. Confiere a la noche del pueblo un encanto especial. Junto con los grillos, el ulular del autillo es la reivindicación de la existencia de la fauna nocturna. 
No hace mucho un búho cantaba desde el Vallejuelo y otro le daba la réplica por la Peñueña. Los había por los olivos de los arreñales, en la Rivera, en los Cañamares y hasta en la torre de la iglesia. Si ponemos atención este verano seguro que podremos oír alguno todavía, pero están en retroceso. Algo habría que hacer por estos vecinos de costumbres noctámbulas.