martes, 24 de noviembre de 2015


                                             LEYENDA DEL CRISTO DEL TÍO COJO

Atardecer en Las Cuevas de Velasco



   Su alma era como el interior de esos troncos que al ser aserrados muestran su corazón limpísimo, compacto y exhalando embriagadores aromas balsámicos…

   Arrastraba con resignación  su cojera y la pesada carga de desprecios y humillaciones que gentes inhumanas habían  ido vertiendo sobre él. Y una vez atada la caballería, se postraba ante la ventanita de la puerta de la ermita. En unos instantes alcanzaba un recogimiento semejante al éxtasis. Mirándolo se diría que mantenía un beatífico diálogo interior con el Cristo del cual en ningún momento apartaba la mirada.

   Miraba el costado del crucificado, la sangre que brotaba  de él y su rostro sereno y misericordioso. Esa imagen le hacía reflexionar con una hondura que hubiera maravillado a un teólogo. Podría decirse que del mismo modo que hay personas con una sensibilidad especial para la música, otras con una habilidad sorprendente para la crianza de animales,  otras, para la escritura o para interpretar las leyes, el tío Cojo poseía un raro don para sumergir su espíritu en los misterios de la oración.

   Acabados sus rezos, se santiguaba y ponía una limosna en el cepillo que los ermitaños tenían dispuesto. Luego recogía su caballería y partía reconfortado y feliz. Y era en esos momentos cuando encontraba un gran consuelo para todo, incluso para su mal.

Santísimo Cristo de la Misericordia 

   El vendedor de aceite jamás pedía en sus súplicas al Cristo por él mismo  sino por los suyos, por sus hijos en primer lugar, por su esposa, por familiares y parientes, por vecinos y conocidos, por convecinos, por clientes y por otros muchos. Y así, no había por aquella comarca persona, por ajena que le resultase, que no se viese beneficiada en sus plegarias ante el Cristo, incluso quienes hacían mofa del “Cojo” o quienes lo miraban con absoluta indiferencia.

   Llegaba, de cuando en cuando, a Las Cuevas de Velasco procedente de La Ventosa, su pueblo, tierra rica en olivares y gran productora de aceite. Traía la carga en odres, a lomos de una mula que a fuer de añosa y  trabajada estaba cubierta de mataduras y de una pátina de polvo viejo de haber andado miles de leguas.

   En entrando al pueblo pregonaba su mercancía:

-      ¡El aceiteeeeeeero! ¡El aceiteeeeeeeeeeero!  ¡Aceiiiiiiiiiiite de La Ventosa! ¡El aceiteeeeeeeeeeero, oiiiiiga!

   Entonaba la cantinela de un modo tan personal que las clientas lo reconocían no por lo que decía, plagado de melismas y de sílabas elásticas, estiradas o contraídas a capricho, sino por el acento y por la entonación que daba a sus frases.

   Solía transportar buen género en los pellejos y no le faltaba clientela, si bien debía bregar con frecuencia con gentes necesitadas y que no tenían con qué pagar la mercancía. En estos casos el tío Cojo tenía por costumbre fiar al menos lo imprescindible y en el próximo viaje recordaba la deuda que casi siempre le era abonada.

   A las afueras de Las Cuevas de Velasco, camino de Villar del Maestre, pueblo en el cual el tío Cojo tenía su más importante clientela,  poco antes de llegar al paraje que llaman Las Cruces,  se alzaba la ermita del Humilladero. En su interior se veneraba un Cristo crucificado. Allí solía detenerse el tío Cojo, descansaba de sus giras comerciales y dedicaba una honda y sincera oración a la imagen que presidía el oratorio.

   Jamás dejó de detenerse al llegar a la ermita del Cristo del Humilladero. Ya hiciera frío glacial, ya nevase, ya cayese un sol de justicia, el tío Cojo, se postraba de hinojos ante la puerta de la ermita, dirigía su piadosa mirada al Cristo clavado en la cruz y elevaba sus preces, a su manera, de un modo sencillo pero lleno de sinceridad y nobleza. Luego depositaba una ofrenda en el cepillo y  proseguía su viaje.

   Cierto día, en nada distinto a tantos otros en que andaba por aquellos caminos, llegó ante la ermita, ató su mula, se dirigió hacia la puerta y a través del ventanuco  rezó y elevó sus súplicas como siempre.  Pero cuando iba a levantarse para reanudar su recorrido, un temblor incontrolable le recorrió el cuerpo; su pierna quebrada había sanado de repente. Presa de una gran emoción, el hombre volvió su mirada y se encontró con el rostro del crucificado de expresión dulce y apacible y comprendió lo sucedido. Dio las gracias y partió para La Ventosa loco de contento y sin acertar a explicarse cómo se había sucedido aquel prodigio.

   El Cristo del Humilladero se apiadó de este hombre bueno y sencillo, sin duda.

   Con el paso del tiempo, la vieja  ermita del Cristo del Humilladero, ya conocido por la gente de Las Cuevas como El Cristo del Tío Cojo,  amenazaba ruina. Entonces la imagen del milagro fue trasladada a la iglesia de Las Cuevas de Velasco y  allí permaneció muchos años, siendo objeto de  gran devoción por parte de los fieles.

   Ya en el siglo XX, una vez que estalló la guerra se temió por las imágenes que se guardaban en el templo parroquial, así que se establecieron prioridades. La gente del pueblo prefirió salvar a su patrón, El Cristo de la Misericordia, que fue ocultado fuera de la iglesia. La antigua y desgastada imagen del Cristo del Humilladero sirvió como señuelo y se colocó en el lugar del otro Cristo. Desgraciadamente los temores se cumplieron y muchas esculturas de santos, además de otros bienes de la iglesia,  fueron dañadas irreparablemente, entre ellas,  la del viejo Cristo del Humilladero, al cual se le atribuía la sanación del vendedor de aceites.


El Cristo del Tío Cojo


   Hoy el paso del tiempo ha borrado las huellas de la ermita del Cristo del Humilladero, pero aún persiste la leyenda en el recuerdo de la gente del pueblo.
  

    Y para recordarnos que en toda leyenda suele haber algo de cierto aún conservamos una valiosa reliquia de la imagen del Cristo del Humilladero, llamado Cristo del Tío Cojo. Sobre la ménsula del altar de San Isidro, entre el púlpito y el altar de la Virgen del Rosario, se encuentra la cabeza de aquella venerable imagen en la que se aprecia perfectamente el gesto sereno y la expresión compasiva de su rostro. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

                   EL  HABLA  DE  LAS  CUEVAS  DE  VELASCO

  El castellano que se habla en Las Cuevas de Velasco carece de acentos marcados, líneas tonales  o dejes específicos. En estas latitudes no afectan los matices tan marcados que se dan en las zonas más meridionales de España. Tampoco  hay contacto con otras lenguas peninsulares. Así que la principal característica fonética es la ausencia de marcas dialectales claras y, eso sí, un marcado aire de ruralidad. En cierto modo podría decirse que se trata de un castellano en estado puro, aunque esto, claro está, es una apreciación relativa.
   Ofrecemos algunas de las palabras peculiares del habla local, muchas de las cuales no tienen cabida en el diccionario de la Real Academia y aún tienen vigencia en nuestro pueblo


 Ababol

1. f.  Amapola. 

¡Qué hermoso está  el campo plagado de ababoles!

El Diccionario de la Real Academia cita este término con el significado de amapola para Albacete, Murcia, Aragón y Navarra, pero no para Cuenca.
La palabra procede del mozárabe habapáura alteración del latín PAPĀVER
y con la influencia del árabe hábba ‘grano de cereal’.

Ababol

Banca

1 . f. Asiento para dos o más personas formado por una estructura de madera, un sogueo o bien una base de madera, un colchón y un cobertor, que suele colocarse en los portales de la casas o en las cocinas. Las bancas suelen tener brazos y algunas presentan artísticos respaldos tallados en madera.

Como no hay cama pa el segaor, que duerma en la banca.

Esta palabra no aparece en los diccionarios al uso, a excepción del trabajo del conquense Calero.



Cagurria

1. f. Colmenilla. Piñuela. Hongo comestible de forma ovalada y sombrerillo cavernoso formando  una especie de panal. 2. m. Peña de la Cagurria, paraje del término de Cuevas.

El lingüista Corominas apunta el término cagarria, de cagar, por lo repulsivo del esporangio que cubre el sombrero de este tipo de hongo.



Gagüerro

1. m. Gaznate. Parte superior de la tráquea. Garganta.

El lingüista Corominas cita la raíz GARG- que imita el ruido del gargajeo y otros sonidos que se realizan con la garganta como origen onomatopéyico de términos como gargajo, garganta, garguero, gargüero, y otras semejantes, de las que, sin duda proviene gagüerro.

Hablar

1. intr.. Ser novios. Entablar relaciones.

Tu sobrino  habla con mi hermana, ¿lo sabías?

Icir

1. tr. Decir.

Ven acá, genares, que vua icirte tres cosas bien dichas.

Vulgarismo.


Jábaga

1. Lugar al que se envía simbólicamente a quien es duro de oído o muestra algún tipo de sordera. Se dice que en el pueblo de Jábaga jeringaban a los sordos.

No he dicho muerto, sino huerto. Vamos a tener que llevarte a Jábaga.


Lavacias

1. f. Aguas que quedan después del lavado de la ropa. Cuando se lavaba en artesa, se enjabonaba y frotaba la ropa en la losa y también se daban los primeros aclarados. El agua resultante contenía por tanto el jabón y la suciedad de la ropa.

Ayúdame con la artesa; vamos a tirar las lavacias.

La palabra más próxima que menciona Corominas es lavazas, procedente del término lat. LAVARE, ‘lavar’.
Calero cita lavacias e informa con amplitud sobre su origen citando a varios autores. Lavacias sería una forma antigua de lavazas. Tanto lavazas como lavacias portan cierto matiz despectivo.
Se trata de una palabra valiosa que debería conservarse porque, al contrario de lo que sucede con otros términos, que han perdido su razón de ser, lavacias representa un concepto que persiste.


 Manflorito

1. m. Afeminado. Gay.

Mira, no me preguntes por qué, pero yo creo que ese es manflorita.

El término hermafrodita procede del lat. HERMAPHRODITUS, personaje mitológico hijo de Hermes y de Afrodita, que participaba de los dos sexos.
El término de Cuevas, manflorito, es el resultado de una importante alteración por etimología popular.
Se usa tanto la forma masculina, manflorito,  como la femenina.

Negro

1. adj. Referido al frío,  intenso, crudo, penetrante, helador.

Si sales abrígate bien que hoy hace un frío negro.

Del lat. NǏGER, NǏGRA, NIGRUM, `negro’.
A pesar de que el Diccionario de la Real Academia registra más de 20 significados y otras tantas frases hechas no aparece este significado. Se trata de una sinestesia. Original de Cuevas.

Oncejera

1. f. Aro de papel en forma de corona circular que se lanza al aire y que los vencejos capturan al vuelo quedando a veces atrapados en él. La oncejera se obtiene doblando un papel y realizando dos cortes semicirculares concéntricos. El agujero central debe tener las dimensiones de un vencejo con las alas plegadas o poco más.

To los chicotes del pueblo están en la peña tirando oncejeras. Verás si le dan un cantazo a alguien.

Pajarita de las nieves

1. f. Pajarillo conocido con el nombre de lavandera común que se caracteriza por sus tonos grises negros y blancos. Camina, a diferencia de los gorriones, que se desplazan saltando, y mueve su larga cola. El nombre de pajarita de las nieves se debe a que sus efectivos aumentan en invierno pero realmente es un ave presente todo el año por estas tierras.
Se dice que traen suerte.



Ramonizas

1. f. Ramas de olivo que se echan a los conejos o los corderos para que las mordisqueen. Puede referirse también a las ramas ya roídas por los animales.

He traído una carga de ramonizas para las ovejas.

Del lat. RAMUS, ‘rama’, de donde ramonear ‘morder los animales las hojas y las puntas de las ramas de los árboles y arbustos’. –iza es un sufijo  que expresa idea de colectividad.  Ramoniza es un término propio.


Salto paloma

1. m. Juego que consiste en ponerse un jugador agachado para que otro salte sobre él apoyando las manos en la espalda o no. Suele encadenarse, de tal manera que el primero que salta se coloca a continuación agachado y así van haciendo los demás. La madre o jugador que lleva la voz cantante da consignas que los demás deben seguir. Al ejecutar los saltos.

Los chicotes se han ido por la carretera del Villar jugando al salto paloma.


Niños jugando al salto paloma


Tatá

1. m. Pájaro diminuto que se mueve nervioso entre los arbustos y que emite un sonido semejante a su nombre. Se trata de la llamada tarabilla común europea (Saxicola rubicola), pajarillo del tamaño de un petirrojo o incluso menor, con la cabeza y la espalda negras, el pecho anaranjado, vientre blanco y un collar blanco. Los tonos de la hembra son más apagados. El canto del macho consiste en una melodía corta en forma de silbido, rematada una y otra vez por unos chasquidos como si se entrechocaran dos pitas.

Esta chiquilla come menos que un tatá.”

El término tatá no es citado por ninguna de las obras consultadas. Es seguro que se trata de una creación onomatopéyica, pues el canto del pájaro ofrece en su melodía un tsa-tsa o ta-tá muy llamativo.
Término propio.


Tatá

Uñas

1. interj. Voz que se emplea para expresar que alguna acción o realización es complicada, cuesta esfuerzo llevarla a cabo y tiene mucho mérito el conseguir culminarla. Puede equivaler a expresiones como ¡ojo!

Porque, ¿ves?,  con mi suegro se pelea bien ¿sabes? Pero lo que es con mi suegra, ¡uñas para bregar con esa mujer!

Del lat. ŬNGŬLA, ‘uña’.

Varagón

1. m. Palo largo, delgado y ligero que se usa para varear la fruta. Se emplea sobre todo en nogales, cermeños, almendros y otros árboles de gran envergadura con ramas altas de difícil acceso y fruto no excesivamente delicado.

Anda, muchacho, trae el varagón. Se han quedado tres o cuatro nueces en la picota.

No aparece en ninguno de los textos consultados. Parece claro que el término procede de vara, del lat. VARA, con derivados como varear o vareador. El sufijo aumentativo -on está engastado en la palabra con un interfijo –ag-, forma extraña en el vocabulario de Cuevas. Es posible que esta palabra esté ralacionada con varejón, ‘vara larga y gruesa’, con la que hay poca distancia semántica.

Zampar(se)

1. pr. Meterse en algún lugar. Acomodarse en una casa, fiesta o reunión sin estar invitado o tomando más confianza de la debida.

Esta borrica paice tonta; fíjate si tie por donde pasar la hijuela y se ha zampao dentro, en to el cenagar. Pa que veas.
Pues sí, hija, vino este tío, que dice que es pariente lejano de mi marido, que vaya usté a saber…, se nos zampó en la casa hace ocho días y aquí está, a mesa y mantel.


Se registra este significado desde antiguo, aunque la voz es de origen incierto.

jueves, 19 de noviembre de 2015

                               CHASCARRILLOS  DE  LOS  PUEBLOS

Antaño hubo sus piques y rivalidades entre los pueblos, odios entre vecinos que se resolvían de manera incruenta y jocosa mediante dichos, chascarrillos y algo parecido a lo que hoy  se llama “leyendas urbanas”.
Así, cada pueblo tenía sus motes y sus sambenitos, en los que, como es lógico, los pueblos vecinos vertían de modo chistoso las envidias e inquinas.
Hoy todo esto se ha aflojado, por el despoblamiento de los núcleos rurales y porque el trato entre las gentes de estas aldeas colindantes es más próximo, frecuente y cálido.
A los de Castillejo del Romeral se les despachaba bien con el pareado:
Castillejo del Romeral,
cuatro casas y un corral.
De esta misma aldea se contaba la historia de cómo querían alcanzar la luna, pues decían que era una enorme torta de manteca,  y decidieron apilar  todos los cuévanos del pueblo para hacerse con ella. Y como quiera que les faltaba solo un cuévano para tocarla, una vieja que pasaba sugirió que se tomase el cuévano que estaba en la base para ponerlo en lo más alto de la torre… También les llamaban, por este glorioso hecho, mantequeros.


Iglesia de Castillejo

A los de La Ventosa se les llamaba los del rollo, seguramente debido al hermoso rollo de Justicia que tienen. Aunque también había una coplilla que les atribuía una torpeza proverbial con las gachas:
Las gachas de La Ventosa
no se pueden ni probar.
Han salido agurulladas,
mal cocidas y sin sal.


Rollo de La Ventosa

A los de Villar del Saz se les llamaba capiruzos. Vaya usted a saber el porqué. Y los de Villanueva eran los de la ballena porque confundieron una albarda que bajaba a la deriva en una rambla con un gran cetáceo. Y como la albarda se dio la vuelta y mostró las cintas rojas con que se cosían estos aparejos, los que la contemplaban decían que sin duda era la sangre del bicho…
Los habitantes de Pineda tenían fama de ser muy tercos porque en cierta ocasión se empeñaron en pasar una viga atravesada por una puerta de una casa.
Por su parte, las gentes de Navalón le pusieron un pleito al sol, según se dice, porque cuando se dirigían por la mañana a la capital les daba en los ojos y cuando volvían por la tarde sucedía lo mismo.


Navalón, al fondo.

Y de Sotoca se entonaba la cantinela:
En Sotoca la Loca
arman un baile
con la pandera rota
y el culo al aire.
Hay que ver qué manera tan impúdica de bailar.
A los del Villar del Maestre se les llama aún arroperos, porque producían en ese pueblo un arrope que competía en la capital con los mejores. Pero parecía ese desdén casi un elogio, así que algún desaforado ideó un pareado un tanto irreverente:
Arroperos del Villar,
queman a Cristo en un bardal.


Villar del Maestre

En fin, nadie se salvaba de la censura popular. A los de las Cuevas nos llaman covachos, que es nuestro gentilicio, pero hay que reconocer que algo despectivo. También covacheros o simplemente alcarreños. Alguna vez nos llamaron peluqueros o pelucos. La rima más conocida de nuestro pueblo y nuestra gente ha sido siempre:
Los de Cuevas de Velasco
se beben el vino y dejan el casco.
Hemos recogido también una coplilla compuesta, sin duda, por gente que no nos quería bien:
La torre de Las Cuevas
se está cayendo
y un sastre con la aguja
la está cosiendo.
Y una rima con muy mala uva:
Mujeres de Las Cuevas
y burras del Villar
en mi casa no han de entrar.
Es claro que con estas dos invectivas atacaban aquello que es más destacado y que causa envidia por doquier: la hermosa torre de la iglesia y las  bellas mujeres de Las Cuevas.


Las Cuevas de Velasco

De las mozas de Fuentesclaras se dice:
Las mozas de Fuentesclaras,
pantorrilludas,
cuatro pares de medias
llevan algunas.
Y del pueblo parónimo de Fuentesbuenas:
Fuentes buenas y aguas malas,
pueblo de pocos vecinos,
el cura guarda las vacas
y el sacristán los gorrinos.
Que Caracenilla rima con morcilla es una evidencia demasiado palpable como para que el pueblo no le sacara punta. La conversación entre dos arrieros que se cruzaban podía  a veces discurrir por estos derroteros:
-¿De dónde es el hombre?
-De Caracenilla.
-Pues por el culo le meten una morcilla.
-A usted doble y a mí, sencilla.
Ahora bien, si hay un pueblo vilipendiado y una gente maltratada con estas ocurrencias es la ciudad de Huete por la tenacidad en la defensa de su alfoz y por la luchas judiciales que mantuvo con numerosas aldeas que querían desligarse de su jurisdicción.
Se pone verdes a los optenses, comenzando por la falta de hospitalidad:
Huete, míralo y vete.
Y si no llevas de comer, no entres en él.
Se hace referencia a lo difícil que resultaba ganar un pleito a la ciudad de Huete:
Ni viña en Cuenca
ni pleito en Huete.
Se ofende sin ambages, como en esta copla:
Antes puto que judío,
antes judío que fraile
antes fraile que de Huete
porque de Huete no hay antes.
O se echa una maldición con tres trabajos duros de soportar:
Dios te dé viña en Cuenca,
mujer fuerte
y pleito en Huete.


Huete


Hoy son otros tiempos y, como hemos dicho, la gente mantiene un trato más fluido y más afectuoso,  así que tomen toda esta invención como algo para sonreír y no hagan como los protagonistas de la aventura del rebuzno en El Quijote.

lunes, 16 de noviembre de 2015


                            VISITA DEL SEÑOR OBISPO DE LA DIÓCESIS DE CUENCA



     El domingo, 15 de noviembre, ha tenido lugar la visita pastoral del  Obispo de Cuenca, Rvdmo Sr. José María Yanguas Sanz. Con tal motivo se han unido a los habitantes del pueblo numerosos naturales de Cuevas  que han acudido desde  sus lugares habituales de residencia para recibir al prelado.



   Casi no se recordaba ya  cuándo había tenido lugar la última visita de un obispo a Las Cuevas de Velasco y quizá por eso la gente del lugar recibió con alborozo y simpatía a tan ilustre visitante.







   Tras la Eucaristía, tuvo lugar un encuentro con los habitantes del pueblo y, como colofón, una comida de hermandad a la que asistieron alrededor de setenta personas.
         (Agradecemos las fotos, gentileza de varios presentes en los actos)

sábado, 14 de noviembre de 2015

     LOS MISTERIOSOS COVACHOS DE CUEVAS DE VELASCO

Covachos de Valamelgo


Dos expedicionarios planeando el ascenso a las cuevas

   En Las Cuevas de Velasco, desde  del mirador de El Castillo, se observan bien los covachos de Valamelgo. Curso arriba del Mayor, a la altura del Camino de la Virgen, en el paraje denominado El Perdigón, existen otras cuevas de características parecidas. También en la Hoya, en la Peña del Aguililla se halla otra cueva. Bajo las peñas en las que se asienta Las Cuevas de Velasco también se abren varios covachos. Es muy probable que todas estas grutas, ya sea artificiales ya naturales fueran las que dieron el nombre al pueblo.

   Las cavernas más alejadas del pueblo se caracterizan por encontrarse en alto. El acceso a ellas es complicado. Sólo es posible alcanzarlas escalando o mediante artilugios preparados al efecto y escaleras.



   ¿Cómo se formaron estas cuevas? ¿Qué utilidad  se les dio? Las leyendas contadas en el pueblo desde tiempos inmemoriales no explican bien cómo se formaron las cuevas pero sí para qué sirvieron. Se dice que allí se encerraban los ganados. Los pastores, en unos tiempos mucho más peligrosos que los actuales para los rebaños, encerraban allí sus ovejas cerrando las puertas con tupidas empalizadas.

   Uno se pregunta cómo es posible que los rebaños subiesen a esa altura a la que se encuentran los covachos. Pero la tradición nos lo aclara: se cree que las cuevas se encontraban en los tiempos remotos a nivel del suelo, por lo que tanto personas como animales podían acceder sin el menor obstáculo.  Y que con el paso de los siglos, la tierra fue rebajándose quedando las entradas de las cavernas cada vez más elevadas. Esa sería la explicación del porqué las cuevas hoy se encuentran  a seis u ocho metros del suelo.

   A pesar de lo atractivas que resultan para espeleólogos o curiosos, todas estas covachas han sido poco frecuentadas. Tenemos noticias de una cordada que logró descender a los covachos del Perdigón hace unos 40 años. Hablaron entonces de trazas de construcciones en el interior de las cuevas, así como que algunas de ellas estaban comunicadas. También se sabe de otra expedición que logró subir a los de Valamelgo, o, mejor, bajar, porque algunos de sus integrantes se descolgaron desde lo alto de la peña, hará unos treinta años.  Y de algunas personas que treparon a la cueva solitaria de la Peña del Aguililla. En esta última estuvo quien escribe hace ahora unos quince años.  La cueva de la Peña del Aguililla es ancha, pero no demasiado profunda. Llaman la atención unos muretes de argamasa construidos en su interior separando cinco estancias que se abren en abanico desde la boca de entrada. No se observan estratos, salvo una cantidad considerable de excrementos de aves. Entre el polvo encontramos una anilla de las que se usan para anillar las aves, con un teléfono de Sevilla.


Habítáculos, nichos y michinales


   Cabe la posibilidad de que dichas oquedades fuesen aprovechadas como apriscos o corralizas por  los pastores. Sin embargo la explicación de que el terreno se ha rebajado y las cuevas, antes accesibles a pie llano, ahora han quedado elevadas, no parece muy convincente.

   Sugerimos aquí, a modo de hipótesis,  tres posibles usos bien distintos al que les adjudican estas leyendas.  Hemos visto por otros lugares covachas como las del término de Las Cuevas de Velasco, asociadas muchas veces a necrópolis de tumbas antropomorfas en sus proximidades. Sabemos que los primeros monjes adoptaban la forma de vida anacoreta dedicados a la oración y a la penitencia, ocupando muchas veces cavidades en la roca o construyéndolas ellos mismos. Tampoco era raro que se alojasen en lugares solo accesibles mediante escaleras o ingenios construidos a propósito.

   Una segunda hipótesis, alejada también del uso de dichas cuevas como apriscos, apuntaría hacia su utilización como cuevas mortuorias en épocas prehistóricas.



Cueva de El Perdigón con alcoba.

Cueva refugio de El Perdigón



   La tercera hipótesis, que nos parece la más plausible, sugiere que durante la Edad de Hierro, hace unos 2500 años, seguramente en un periodo muy convulso, el hombre construyó estas grandes cuevas en alto para protegerse de sus enemigos. Existen numerosos ejemplos en toda la cuenca del Tajo, aunque no se han estudiado en profundidad.


viernes, 6 de noviembre de 2015




       


                            EL CERRO CASTEJÓN: HISTORIA Y LEYENDA

   De las muchas leyendas que atesora la villa de Las Cuevas de Velasco la más desconcertante, sin duda, es la del cerro de Castejón. 

El cerro Castejón visto desde la  vega.

             
                                                                                  
Valverde. A la derecha, el cerro Castejón.


      Contaban los tejeros y los ancianos del lugar que antaño existió una industria de tejas en lo alto del cerro Castejón y que quienes la regentaban solucionaron el problema del transporte del agua de una manera ingeniosa: adiestraron a unos galgos de modo que con una especie de pequeñas aguaderas y unas cantarillas estos animales transportaban desde el río el agua necesaria para transformar la arcilla en tejas y en cacharros.
   Hay que imaginar a los galgos bregando por la ladera, incansables, un viaje tras otro,  animados seguramente por el aliciente de una golosina que se les daría tanto a la entrega del agua como a la recogida.

   Los galgos del cerro Castejón debieron despertar gran asombro entre quienes tuvieron la ocasión de contemplarlos. Y no resulta nada sorprendente  que un hecho tan curioso se haya perpetuado en la memoria colectiva de la gente y haya llegado hasta nuestros días.

   La capacidad del hombre para entrenar a los animales y servirse de ellos es sorprendente. Se conoce bien el trabajo realizado por los perros pastores, por los perros guardianes, por los lazarillos, por los detectores de sustancias y explosivos… No cabe duda de que con paciencia y un buen adiestramiento pudo conseguirse la proeza que relata la leyenda.

   Lo que no sabemos es si, como sucedía con algunos asnos obstinados, que se iban a los trigos o acababan destrozando los cántaros contra las esquinas, estos asombrosos canes perdían alguna vez la concentración del acarreo, acaso atraídos por los efluvios de alguna liebre, y hacían añicos las cantarillas en las que transportaban el agua.

   Por nuestra parte, nos dio qué pensar este enigma de los galgos y un día decidimos subir a lo alto del cerro Castejón por ver si quedaba algún vestigio que hiciese verosímil esta historia. Y lo hallamos, por supuesto.

Cuevas de Velasco, desde lo alto del Castejón

    En el término de Cuevas de Velasco existen numerosos lugares que presentan restos arqueológicos compatibles con vestigios de poblados habitados desde antiguo, algunos de ellos desde el Neolítico. El situado en la cumbre del cerro de Castejón ocupa una posición eminentemente estratégica. Desde su ubicación se domina todo el paisaje desde más allá de Huete hasta el Cerro del Túnel e incluso hasta los  montes de Priego. Se trata, sin duda, del punto desde el que podía producirse una alerta más temprana ante la llegada de cualquier peligro. Sobre la altura más próxima a la vega se abren dos llanos con un desnivel entre ellos de un metro. El espacio ocupa una superficie aproximada de 0´6 has y quedaba defendido a poniente, al sur y al norte por unos peñascos inaccesibles, alternando en el flanco este las peñas y un fuerte declive seguramente reforzado por un muro o por una empalizada. Es posible que el único acceso a este poblado estuviese situado en el puntal norte a través de un paso estrecho entre dos grandes rocas.

   Los vestigios más abundantes en este lugar son fragmentos de cerámica que por sus hechuras parecen coetáneos o algo posteriores a los de la loma de la estación. La ausencia de elementos arquitectónicos, de caminos de acceso, así como la lejanía del agua nos indican que el poblado o fortín del cerro de Castejón tuvo una vida efímera.

Fragmentos de vasijas y sílex hallados en superficie.


   En la inspección superficial, así como en una pequeña cata comprobamos la abundancia de cascotes de vasijas: cuencos, ollas de barro, platos, copas, orzas…, recipientes elaborados a torno con arcilla roja o gris y en algunos casos decorados con círculos concéntricos.
   El nombre Castejón sugiere la idea de un fuerte y es probable que estuviese habitado en torno al siglo I a. C.. Desde luego el topónimo está relacionado, sin duda, con las construcciones que hubo un día en dicho lugar, aunque el espacio ocupado, más de 6000 m2,  nos parece excesivo para un simple fortín.