viernes, 25 de noviembre de 2016



                          LAS PATATAS CON HONGOS



Presentamos otro plato de los muchos de la gastronomía local que se basan en el aprovechamiento de los productos naturales de temporada.


Los hongos han completado la dieta de otoño desde siempre. Este otoño no ha sido propicio para los buscadores. El tiempo ha venido muy seco y ahora que el suelo está más húmedo llegan las primeras heladas. Pero lo cierto es que en años propicios se recolectaban hongos en grandes cantidades. Esta tierra es generosa y produce numerosas especies de setas comestibles, desde el llamado hongo, níscalo, pasando por los hongos de muladar, que no son otra cosa que champiñones silvestres, las setas de cardo, las setas de chopo…

La gente traía antaño de por los montes locales cestas de hongos que se consumían de muchas formas, desde la más inmediata, asados en las ascuas, hasta guisos de cierto refinamiento, aunque es verdad que, en general, la cocina del pueblo es cocina de batalla, es decir, cocina práctica y sencilla.


Los hongos, como digo, se limpiaban convenientemente y se ponía, recién traídos, sobre las brasas, con una pizca de sal y un generoso chorro de aceite. Hay pocos manjares tan sabrosos y con una personalidad tan marcada. Pero las aplicaciones de los hongos a la cocina local eran múltiples: se cocinaban con arroz, simplemente fritos, con las gachas tradicionales, con huevo…

En esta ocasión presentamos uno de los guisos más emblemáticos elaborado a base de hongos, las patatas con hongos. Las variantes son innumerables y el lector puede optar por cualquiera de ellas. Nosotros elegimos una de las más sencillas, pero no por eso menos deliciosa.






INGREDIENTES

- hongos
- patatas
- cebolla
- pimentón dulce
- aceite de oliva
- sal, pimienta
- caldo o agua



PREPARACIÓN

- Se limpian bien los hongos. Se recomienda lavar si han sido recogidos en terreno arenoso y limpiar cuidadosamente con un paño húmedo si llegan a la cocina con poca suciedad. Se trocean al gusto. Con ¼ de k comen hasta cuatro personas.

- Se pelan una o dos patatas por comensal y se trocean en rodajas de 1 cm aproximadamente.

- Se pela la cebolla y se pica. La cebolla es opcional.

- En una olla se prepara un caldo de verduras o de carne.

- Se pone el aceite en una sartén, se ponen los hongos troceados y se sofríen.

- Antes de terminar el sofrito, se añade la cebolla hasta que se sofría ligeramente con los hongos.

- Se añade una cucharadita colmada de pimentón dulce y, tras una vuelta, se añaden las patatas. Integrar todo bien.

- Se cubre todo con el caldo o, en su ausencia, con agua. Salpimentar al gusto.

- Al romper a hervir, bajar el fuego y dejar cocer las patatas lentamente hasta conseguir un caldo espeso.

- Servir caliente.



VARIANTES. Puede realizarse el guiso sin la cebolla. También es posible añadir numerosos ingredientes, como, ajo, pimiento, tomate, un poco de vino... Los hongos maridan con casi cualquier cosa.







viernes, 18 de noviembre de 2016




            LA CONSTRUCCIÓN DE LA TORRE DE LA IGLESIA 




En nuestros días, a inicios del siglo XXI, siguen sorprendiendo las dimensiones de la iglesia de Las Cuevas de Velasco. Podemos imaginar el impacto que provocaría la alzada tanto de la nave de la iglesia como de su torre en los viajeros que llegaban hasta este lugar en el siglo XVI. 

Cuando a finales de dicho siglo Las Cuevas de Cañatazor superaba los 700 habitantes se hizo preciso construir una nueva iglesia. La anterior, románica, sería un pequeño templo muy semejante al que aún hoy podemos ver en Caracena del Valle, muy próximo a la carretera Huete-Cuenca. 

Seguramente sobre el emplazamiento de la antigua, tomando algo más de espacio, se dispuso un basamento sólido sobre el que levantar una mole de tal peso. 

En torno a la iglesia se conocen numerosos datos, pero también hay leyendas que le proporcionan ese aliento mítico que transmiten estas historias siempre a caballo entre lo real y lo imaginario. 



Desde siempre se habló de las bóvedas que se supone que existen bajo el basamento sobre el cual se asienta el templo. ¿Una cripta posiblemente? Lo que sí es seguro es que la nave de la iglesia se usó como enterramiento, como sucedió en el pasado en la mayoría de los templos. Pero se habla de bóvedas, techos con arcos que albergan una nave baja en el subsuelo de la iglesia. De ser así, lo más probable es que dicho habitáculo se encuentre bajo el presbiterio. De hecho cuando se construyeron las aceras que circundan los muros del templo apareció un nicho profundo en el extremo este de la nave, justo a la altura del altar mayor, por fuera del edificio. 

En otras iglesias en las que se han encontrado criptas éstas suelen tener una función de cementerio para dignatarios eclesiásticos o grandes benefactores del templo. ¿O dicha bóveda tuvo otras funciones? ¿Es posible que se tratase de alguna dependencia de la primitiva iglesia románica soterrada al construir la actual? No disponemos de datos para poder formular una hipótesis. Quizás el día que se emprenda la reparación del suelo de la iglesia, muy deteriorado en la actualidad, tengamos la ocasión de saber algo más. 



El templo lo levantó Francisco del Campo, maestro cantero cántabro perteneciente a una saga de constructores de iglesias, catedrales, conventos colegiatas, ermitas y obras civiles, algunos de cuyos miembros trabajaron en la provincia de Cuenca. Hay obras de esta familia en Huete, en la catedral de Cuenca, en El Provencio… 

La torre resulta sorprendente y destaca sobremanera en medio de las humildes viviendas de alzada modestísima. 

La leyenda dice que esta atalaya eminente iba a ser todavía más alta, quizá pensando en la doble función de campanario y de torreón vigía. 

Aún se encontraba revestida de andamiajes, poleas y cuerdas. La actividad era febril. Faltaba un año largo para el final de la obra. Se afanaban los canteros tallando cada pieza con sumo cuidado, los acemileros arreando a las bestias para elevar los pesados sillares hasta más de 30 metros de altura mediante garruchas chirriantes. Se oían las voces de los obreros dirigiendo las maniobras de colocación de las piezas de piedra, voces en una jerga propia del gremio de canteros de Ribamontán. Llegaban los carros, lentos, con mil estridencias de los ejes, cargados de enormes bloques de piedra arenisca procedentes de la cantera. Los curiosos observaban cada maniobra de la construcción con suma atención. 



Los dos primeros cuerpos de la torre ya estaban terminados. En el tercer cuerpo se abrían los ocho ventanos que , a parte de permitir volar a los cuatro puntos cardinales el tañido de las campanas lograban dar a la torre un aire más ligero y esbelto. En los vanos aún se conservaba el armazón de madera destinado a sujetar inicialmente los sillares hasta la colocación de la clave. 

La cuadrilla de albañiles había logrado colocar seis hileras de sillares por encima de los ventanones. Todo andaba según lo previsto. Se trabajaba a gran altura, pero los obreros, acostumbrados a esa labor aérea, se movían con absoluta destreza por el maderamen de los andamios. Hasta que, de pronto, un grito escalofriante rasgó el aire, seguido de inmediato por múltiples lamentos y expresiones de horror; un hombre había caído desde lo más alto de la torre en construcción. El impacto contra el suelo fue mortal de necesidad. Nada pudo hacerse por salvar la vida de aquel infortunado. Una gran consternación invadió los ánimos de todos los que trabajaban en el proyecto. La noticia se difundió por el pueblo en unos instantes, y se extendió por los campos próximos como una negra sombra. Todos los habitantes de Las Cuevas de Cañatazor acudieron abatidos al lugar del accidente. 



El hombre fallecido era un joven apuesto, quizás algo temerario, al que su sino le tenía señalado ese final trágico. El cantero que acababa de perder la vida en un fatal accidente era el hijo del Maestro, el hijo de Francisco del Campo. La inesperada muerte del joven lo sumió en una honda pena. Lloró amargamente la pérdida del hijo en quien hacía años que depositaba todo su saber con la idea de que prosiguiera la saga familiar de constructores de iglesias. Le partía el alma tener que volver a su tierra, ante su gente, llevando al hijo muerto. 

Se interrumpieron las obras por unas semanas, tras las cuales, se dice que Francisco del Campo, optó por concluir la torre haciendo el remate final en aquel punto donde se había producido el accidente. 

Una vez terminada, la torre alcanzó los 33 metros de altura, y sin embargo se dice que debería haber llegado más alto. ¿Quizás hasta los 40 metros? No lo sabemos. Tanto la nave del templo como la torre levantada a su pies conformaron en su tiempo un monumento grandioso, seguramente entre los más colosales de la diócesis. 


En cuanto al suceso, que se produjese un accidente mortal en una obra en la que acechaban múltiples riesgos y que podía durar años no debió ser algo excesivamente extraordinario.


lunes, 14 de noviembre de 2016

                         EL DÍA DE LAS CALAVERAS 



Hoy día, muchos niños y también adultos, tienen la idea de que la fiesta de Todos los Santos o de Los difuntos, con esto de las calabazas, es un invento americano. Y no es así, sino que se trata de una tradición europea muy antigua. En nuestro pueblo ya hacían calabazas nuestros tatarabuelos y la costumbre apenas se ha interrumpido, ni siquiera en los peores años de la emigración. 

Es cierto que la cultura americana, con la fuerza enorme de un potente medio de propagación, como es el cine, ha logrado imponer también en nuestros pueblos los disfraces y esas frases que dicen los niños. 



Aquí, la tradición antigua del pueblo consistía en hacer las calaveras. Los abuelos ayudaban a los nietos y no había huerto en el pueblo o calabazar que no guardase alguna pieza para estas fechas. Lo suyo era que algún mayor cortase lo que iba a ser la tapadera de la calabaza, y luego el resto había que ir vaciándolo con una cuchara vieja, bien gastada. El paso de calar los ojos, la nariz y la boca con los horripilantes dientes tenía su intríngulis, y también debían echar una mano los viejos para esta tarea. 

La calabaza bien hecha debía quedar con poca pulpa, prácticamente en la piel, pues de esta manera se transparentaba mejor y el ingenio surtía más espanto. En el interior se ponía un velote de cera virgen, que duraba lo suyo. 



Luego se juntaban los niños, cada uno con su calavera, y se iba por el pueblo asustando a diestro y siniestro. Y después de una tarde-noche tremebunda, muchas veces se colocaban las calaveras en algún lugar y se dejaban allí hasta el día siguiente. El muro que rodea el atrio, la plaza, el juego pelota e incluso en los ventanones de la torre hemos visto calaveras. 

Asociados al día de Todos los Santos había en el pueblo también una peculiar tradición culinaria que consistía en hacer puches, plato de husmos, elaborado con harina, aceite, leche y azúcar. 

El pasado día 29 de octubre se celebró en el pueblo la fiesta de Halloween, antigua celebración de la víspera de los Difuntos, hoy impregnada por las costumbre importadas desde el otro lado del océano. 



Hacia media tarde comenzaron a llegar a las antiguas escuelas niños y muchos mayores con sus disfraces. De aquí salía un diablo; de allá, un esqueleto; del otro lado, un extraño ser terrorífico; de no sabe dónde surgía un drácula o un asesino o un médico loco… 

El local social había sido previamente decorado con los artefactos que evocan el submundo del miedo, del espanto y de la muerte: telarañas, esqueletos, calaveras… Una música siniestra, tenebrosa y cadenciosa inundaba el salón de inquietud, zozobra y suspense. 



Un par de brujas gobernaban un enorme perol en el cual se preparaba la sabrosa pócima del chocolate. Y cuando estuvo listo, todo el personal, disfrazados y no disfrazados, tuvieron ocasión de degustarlo acompañado de magdalenas y bizcocho. 



La fiesta estuvo muy concurrida y muy animada con posterior continuación hasta altas horas.

sábado, 5 de noviembre de 2016





                                         CONCURSO DE TAPAS EN CUEVAS 



El pasado sábado, 29 de octubre, tuvo lugar en Cuevas de Velasco un interesante Concurso de Tapas. El acontecimiento comenzó a tomar forma el verano pasado cuando Antonio Gascueña sugirió la idea que fue acogida con gran entusiasmo. 

De las iniciativas que se llevan a cabo de un tiempo a esta parte con el fin de animar y dinamizar la vida del pueblo, no hay ninguna que resulte fácil de cristalizar y mucho menos de consolidarse. Todo depende del esfuerzo y de la implicación de los vecinos. En este caso nos consta que se ha trabajado bien y sobre todo con entusiasmo. 



Unas quince personas del pueblo elaboraron sus tapas, llenas de imaginación, rebosando calidad y sin nada que envidiar a las que pueden degustarse en cualquier gran acontecimiento culinario de esta índole. Cada uno de estos participantes creó una tapa de la que montó unas 50 unidades, o algo más, es decir, que en total se ofrecieron unas 800 tapas, algunas de las cuales se reservaron para participantes y jurado. 



La idea inicial era que el jurado lo formasen los propios concursantes, pero finalmente se optó por nombrar un sanedrín cibario compuesto por tres personas, quienes, como expertos catadores, se esforzaron por dilucidar cuál de las exquisiteces que se ofrecían a su vista y a su paladar merecía sus elogios en grado sumo. 



La muestra tuvo lugar en el salón de las antiguas escuelas, que se quedó pequeño para albergar a cientos de personas que acudieron al reclamo del buen yantar. También el acicate del precio, 0,50 cénts la tapa y 1€ la bebida, constituyó, sin duda un aliciente más para acercarse al pueblo durante el puente de Los Santos. 



Las tapas habían sido primorosamente elaboradas y presentadas con elegancia. Los nombres creados para estos deliciosos bocados resultaron llamativos y curiosos: Vida y luz (crema de remolacha y puerro con mousse de queso y lluvia de pistachos); cama de tartarara con delicias de la huerta y saladito del mar; bocadito de huevo sobre gocho tumbao en cama de mostaza con néctar de abeja; Sospiro di Italia; Mar y tierra (mejillones con salsa de ostras sobre cama de champiñón y patata con mahonesa de escabeche y mahonesa de cilantro; Crujiente de Cañatazor (carrillada de cerdo al vino tinto)… y un largo etcétera. 




El jurado declaró ganadores honoríficos, pues el galardón era, más que nada, simbólico, a Mari Cruz López, Laura y Miriam Collado. Aunque, en honor a la verdad, había en las antiguas escuelas alta cocina a raudales y cualquiera de ellos hubiera merecido la distinción. 



Estos eventos permiten el reencuentro de la gente dispersa, que con el pretexto de tal feria o tal fiesta, vuelve a su pueblo. Se anima el lugar, aunque sea por unos días y se le da un soplo de vida a nuestro viejo pueblo. 

Es importante que todos sepamos reconocer y agradecer el esfuerzo de todas las personas, participantes y organizadores, y que colaboremos con ellos para conservar estos actos. 



Antonio, promotor de la idea, asegura que tienen la intención de repetir esta experiencia el verano próximo y que aspiran ya a una feria de carácter regional o incluso provincial.

martes, 25 de octubre de 2016



                                                   LA CASA DEL DUENDE



Hubo ya un duende en la calle de la Soledad, en la vivienda que habitaba un tal Martín. Zascandileaba por la casa haciendo de las suyas. El mover objetos sin fuerza visible que los empujase, los ruidos a deshoras, el cambiar las cosas de lugar y sobre todo la sensación continua para aquella familia de que alguien más vivía con ellos constituían una auténtica pesadilla. Es cierto que el duende no se materializó nunca físicamente pero de su presencia quedan pocas dudas pues, aparte de las molestias ocasionadas por las travesuras de los duendes, este llegó incluso a hablar.

Entre las fechorías del duende de la calle de La Soledad, se asegura que hacía bailar las tenazas de la lumbre y que andaban muchas veces tintineando y haciendo amagos de elevarse. En los poyales los vasos y tazones entrechocaban sin explicación alguna. Las llares oscilaban sin motivo y los cedazos se movían sobre sus varetas sin que nadie los impulsara… Pero quizás el suceso más espeluznante que se atribuye a la presencia del duende en la casa de la calle de La Soledad es la súbita aparición de una niña sentada en un asiento del portal. Nada tendría este hecho de particular si no fuera porque aquella criatura, hija de los habitantes de la casa, había fallecido hacía algunos años.

Se cuenta que Martín, el cabeza de familia, estaba ya cansado de que fuertes golpes lo despertasen a media noche, de que le desapareciesen enseres o cambiasen de lugar, de que cobrasen vida propia objetos inertes. Nadie en la casa vivía en paz con la presencia de aquel ente. Y aquella aparición de la niña había llenado de temor a la familia. Así que el propietario decidió abandonar la vivienda de la calle de la Soledad y trasladarse a otra limpia de espíritus o de duendes.

Cuando Martín creyó haber encontrado otra casa que respiraba paz comenzó a preparar el traslado. Dispuso unos baúles para ir poniendo en ellos lo que cupiera, cuando el duende, enterado de la inminente mudanza, preguntó al dueño de la casa:

- Martín, ¿nos mudamos?

El uso de “nos mudamos” en primera persona indicaba, claro está, que el duende también se apuntaba al cambio de casa. El hombre se dio cuenta de que no se libraría de aquella molesta compañía, así que, desanimado, se puso a deshacer el baúl y dijo:

- Pues para eso, bien estamos.

Martín y su familia siguieron viviendo en la casa de la calle de la Soledad y soportaron estoicamente los inconvenientes de compartir su hogar con un duende.




Existe otra leyenda sobre casas encantadas que tuvo mucha más repercusión en el pueblo y que refiero a continuación.

La calle de la Traviesa o de la Travesía contó entre sus construcciones con la llamada Casa del Duende. Hoy ese espacio se ha visto reducido a un solar tras sufrir la antigua vivienda que se alzaba en ese lugar un largo proceso de deterioro hasta llegar a su ruina, y posteriormente ha sido transformado en corral.

La casa del duende era una vivienda humilde, de estructura tradicional: un portal a la entrada, al cual daban dos dormitorios y la escalera de la cámara. La cocina, en el interior, como en la mayoría de las viviendas alcarreñas, sin ventanas. Desde la cocina se accedía a un cuarto oscuro donde se hallaban las cantareras, algún arcón, los poyales y diversos enseres para el servicio de la casa.

Se echaba de ver que la casa de la calle de la Traviesa era de condición muy modesta por sus reducidas dimensiones, su mobiliario escaso y pobre y especialmente porque el suelo del portal no estaba embaldosado sino que era de tierra, continuación del de la calle.

En los tiempos en que tuvieron lugar los sucesos propiciados por el duende, habitaba la casa un matrimonio con tres hijos. Sus quehaceres, como los de la mayoría de los habitantes del lugar, giraban en torno al cultivo de la tierra y la crianza de algunos animales de corral.

La familia que vivía en la casa en cuestión comenzó a oír extraños ruidos. Los fuertes golpes tras los muros y techos de la casa crearon gran desconcierto entre sus moradores. Al poco de comentar, preocupados, el suceso con familiares y personas allegadas, la noticia se difundió por todo el pueblo.

Acudieron curiosos para oír dar al duende, entre los cuales había muchos desconfiados y también muchos crédulos. El problema es que no había modo de encontrar la procedencia de los golpes que hacían estremecer los muros, tintinear las tazas y oscilar todo lo que pendía.

Se extendió la noticia de que la casa de la calle de la Traviesa estaba encantada, o, lo que era peor, endemoniada. Y como en cuanto se mentaba a Lucifer, la iglesia tenía ya jurisdicción, hombres de Dios y liturgias para practicar exorcismos, fue llamado el señor cura para que procediese a limpiar de espíritus demoníacos aquella morada.



La vivienda se llenaba cada tarde de rezadoras, charlatanes, fisgones, detectives, escépticos y algún que otro socarrón que acudía, más que nada, para ridiculizar a quienes creían a pies juntillas en el trasgo. Mientras se aguardaba a que el duende comenzase su actuación, los presentes organizaban partidas de cartas o charlaban animadamente del tema que fuese. Hasta el momento en que el dueño de la casa, como si tuviese una premonición, avisaba de que el duende iba a dar. Entonces un silencio casi fúnebre se propagaba por toda la casa. Todos los presentes mudaban sus gestos y se disponían a aplicar el oído para escuchar el extraño fenómeno. Al poco, el duende comenzaba a atizar zambombazos a diestro y siniestro llenando de temor a los congregados. Los golpes eran secos y profundos y hacían estremecer hasta los cimientos de la vivienda. En palabras de algunos de los testigos, era como si alguien golpease con fuerza con una maza ora sobre los mismos cimientos ora sobre los muros o los techos de la casa.

Por supuesto, se buscó por toda la casa, hasta el último rincón, se registró la cámara y se descendió al semisótano. Se reconocieron las casas y tinadas colindantes. Alguien sugirió que podría tratarse de las cadenas de las mulas de una cuadra próxima. Pero en ningún momento se dio una explicación plausible de lo que sucedía.

Se especuló también con si alguien de la casa habría cometido algún delito grave y aquellos golpes eran la voz de su conciencia arrepentida. Pero fuera como fuese, lo cierto es que tampoco los ensalmos y liturgias del cura, que un día se acercó a la casa con sus rezos, jaculatorias y conjuros, consiguieron silenciar los ruidos ni arrojar al espíritu que habitaba la casa.



Como el asunto no se complicó más, es decir, que no se registraron visiones o apariciones, el suceso fue perdiendo interés por parte de los mismos que lo habían alimentado. Y así el pueblo, poco a poco, olvidó que en aquella casa sucedían fenómenos paranormales.

Otras familias habitaron la casa de la calle de la Traviesa posteriormente, pero no volvió a oírse nada sobre el duende.


Sin embargo, a quienes hemos oído una y otra vez el relato de aquellos sucesos inexplicables se nos antoja un tanto absurdo el pensar que aquella peripecia fue solamente un fenómeno de psicosis colectiva, sin más. 

domingo, 2 de octubre de 2016



                                            VIEJAS   PALABRAS


Ofrecemos una nueva entrega de palabras pertenecientes al léxico de Cuevas de Velasco. 
Sería un error considerarlas solamente palabras de gente inculta, pues algunas son bellísimas y aportan soluciones muy precisas para nombrar diferentes cosas.



Afolinchar 

1. intr. Emplear tiempo y esfuerzo en una tarea sin obtener grandes resultados. Bregar mucho y rendir poco.

La única noticia sobre esta palabra la hemos encontrado en la red, en un compendio del habla de Fuertescusa, pueblo de Cuenca.


Agonías

1. m. Persona derrotista. Individuo pesimista. Sujeto que ve siempre las cosas negras, agranda indicios negativos y exagera adversidades antes de que lleguen.

Cor. Del lat. AGONIA, ‘lucha’, ‘angustia’.



Ánima

1. f. Persona vestida de negro, con la cara tapada que realiza petitorias en favor de la Hermandad de las Ánimas durante la celebración del Carnaval. Suelen ir en pareja y llevan siempre un vastugo para ahuyentar a los muchachos, pues es tradición que no deben desvelar su identidad. Llevan una campanilla para anunciar su llegada, un monedero y una cesta para recibir los presentes.

He oído la campanilla; prepara unas monedas que vienen las ánimas.

Drae. Del lat. ANĬMA, y ésta del gr. ανήμοσ, ‘soplo’.



Aparranarse 

1. intr. Arrellanarse. Acomodarse en algún asiento, banca o lecho de forma relajada y despreocupada.

Venga, hombre, que hay mucho que hacer y estás ahí aparranado todo el día en la banca.

Cor. No apunta un origen seguro, pero sugiere el étimo PARRA, en cuyo caso las soluciones apanarrarse y panarro se habrían producido por metátesis.

Rae. Aporta el término panarra, ‘hombre simple, tonto’. En el Rae de 1737 se definía panarra como ‘simple, mentecato, dejado y flojo’.



Baile de la Carrasquilla

1. m. Baile común a varios lugares, perteneciente también al folclore del pueblo de Cuevas antiguamente.


Es el baile de la Carrasquilla
Que es un baile muy disimulado
Que en hincando la rodilla en tierra
Todo el mundo se queda parado.

A la vuelta a la vuelta, Madrid,
Que ese baile no se baila así,
Que se baila de espaldas de espaldas.
Señorita menea las faldas,
Señorita, menea los brazos
Y a la media vuelta se dan los abrazos.



Berchín

1. m. Seta venenosa de tallo delgado y frágil, con sombrerillo en forma de apagavelas. Es muy común en las umbrías de lugares despoblados, ruinas y alrededores de los pueblos.

Ninguno de los textos consultados informa sobre este término.


   
                         


Brochero 

1. m. Agujero de grandes dimensiones practicado en una superficie. Herida importante.

Manuel Gargallo en su estudio Notas léxicas sobre el habla de Tarazona y su comarca, menciona la voz brochalera, ‘herida alargada con hematoma’.



Cachoza

1. f. Choza. Cabaña. Construcción de niños para ocultarse y para realizar sus juegos a cubierto.

Los chicotes están haciendo una cachoza en el arreñal.

Hemos encontrado esta voz en el Diccionario galego-castelán, de X. Luis Franco Grande, donde se define como ‘cueva debajo de las raíces de algún árbol, que sirve de abrigadero’. Es perfectamente reconocible la voz choza, por lo que habría que pensar que se trata de la mencionada palabra con la prótesis ca- que podría ser un prefijo con el valor de casa.


Cáncano 

1. m. Insecto, piojo, pulga.

DRAE. Explica que esta voz es coloquial y de origen incierto.

Cor. Cáncano puede tener su origen en el lat. CANCER, CANCRI, ‘cangrejo’, con paso de cancro a cáncaro y a cáncano. Sugiere que puede tratarse de una comparación semántica irónica de los piojos con otro mal de mayor gravedad.

En Cuevas se usa como eufemismo para evitar el término piojo

                              


Dormido 

1.m. Bollo muy típico de Cuevas de Velasco con aspecto tostado por fuera y por dentro con la textura de un bizcocho jugoso, dulce y esponjoso.

Voy a mojar esta miaja de dormido en vino, que hay que ver lo rico que está así.

Recibe el nombre de dormido porque la masa se dejaba reposar, dormir, durante la noche.

Los ingredientes para una canasta son: 1´5 l de aceite de oliva, 1´5 l de agua, 750 gr de azúcar, levadura, 1 docena de huevos, lo que admita de harina. Para la preparación se pone en un recipiente la harina y se añade el aceite, tibio, los huevos batidos, el agua, el azúcar y la levadura. Se amasa como para el pan: No conviene dejar la masa demasiado correosa ni demasiado tiesa. Se tapa el barreño y se espera hasta que suba la masa. Luego se hacen los dormidos, ovalados o redondos, y se sientan sobre papel untado de manteca. Untar por encima con huevo batido y azúcar. Cocer en el horno hasta que estén bien dorados.

Se solían hacer para la siega y se servían como desayuno a segadores y acarreadores con un buen vino o con anís. Para las fiestas de El Cristo, en bodas o grandes celebraciones se tomaban con chocolate.

                      


Flic /flis

1. m. Aerosol, ambientador o insecticida. 

Se trata de una popular marca de insecticida que se popularizó el siglo pasado. Venía en un aplicador de latón recargable. El producto comercial se llamaba flit. Por lo insólito de la terminación en español acabó rebautizándose como flis o flic.
                      


Garrilla

1. f. Mano de un niño, dicho de forma cariñosa y no exenta de ternura.

Los nenes están en la fuente, con las garrillas en el agua, raneando.


Gigante bolilla

1. Expresión usada en las frases “llevar alguien a gigante bolilla”, “ir a gigante bolilla”, “montar a gigante bolilla” y otras con estructura semejante. Significa que se sube a un niño a horcajadas sobre el cuello del adulto, sujetando sus manos con las del adulto y con las piernas cayendo sobre el pecho de la persona mayor.

Debe tratarse de una creación local pues no lo encontramos en ningún texto. 


Gurrupéndola 

1. f. Oropéndola. Ave de tamaño mediano, de plumaje amarillo con las alas y la cola negras. Cuelga su nido con hebras y espartos de una rama horizontal, a modo de un columpio. Su canto es muy característico consistente en un potente silbido con dos o tres registros.

La gurrupéndola hace el nido en la Rivera.

Esta palabra tiene relación con el término empendolar, pues procede de la misma raíz. Su forma peculiar en Cuevas parece el resultado de una creación expresiva. Encontramos por otros lugares tanto gurrupéndola (Aragón) como guropéndola (Extremadura).

Cor. Del lat. AURUM, ‘oro’ y PENDOLA, ‘pluma’, es decir ‘pluma de oro’ o ‘pluma dorada’, aludiendo al color del plumaje del ave. Afirma Cor. Que debió existir en lat vulgar un término *AURIPENNŬLA, ‘oropéndola’.


                            
Hornillo

1. m. Cavidad en forma de cilindro excavada o construida generalmente en un declive, con una capacidad aproximada de entre cuatro y seis mil litros, abierta de arriba abajo por un cuarto de su superficie lateral, que servía para quemar piedra caliza con el fin de obtener yeso y cal. En el interior de este hueco cilíndrico se colocaban las piedras, formando una bóveda y dejando bajo ella un hogar u hornacha donde quemar el combustible, leña, con el que se calentaban las piedras recogidas por las inmediaciones del hornillo o por cualquier paraje del pueblo. Sometidas las piedras a altas temperaturas durante varias horas, perdían su consistencia al evaporarse el agua y se deshacían con relativa facilidad, obteniendo así el yeso para las construcciones.

Se decía “quemar una caña de hornillo”.