viernes, 18 de septiembre de 2020



                   UN PASEO POR LOS OLORES DEL PUEBLO 



Hay olores que perduran en el recuerdo toda una vida y cuando uno los reencuentra revive aquellos tiempos. Muchos olores del pueblo han desaparecido, ya no es posible percibirlos, pero otros siguen formando la seña olfativa de Cuevas de Velasco. 

Afina tu mente y tu nariz; te ofrezco un paseo por los aromas que mejor evocan nuestro pueblo. 

1. Olor del saúco. Peculiar como el que más, inconfundible. El olor fuerte, penetrante, e incluso apestoso, deja su profunda impronta en la memoria. Se trata de una planta con un amplio aprovechamiento en medicina natural y en perfumería. 



2. Olor del espliego en el lavadero. Hacia el final del verano, cuando la flor del espliego maduraba, la zona del lavadero se inundaba de alcanfores, aromas delicados e intensos a lavandas finísimas y a infusión de flores. 




3. Olor de las flores del azafrán al despinzar. Cuando se despinzaba el azafrán se reunían cuadrillas de personas alrededor de las mesas y se iba acumulando la flor ya desbriznada en montones. Estos montones recordaban vagamente al aroma del azafrán, pero lo más intenso era el tostado del azafrán, pues entonces la casa entera rebosaba de la conocida fragancia, intensa, inconfundible del llamado oro rojo. 



4. Olor del tren de carbón. El paso del tren arrojaba al aire el inconfundible olor que desprende la combustión del carbón con sus tufos a hollín, a carbonilla y a tizne. 




5. Olor de los lilos. Los lilos, cuando están en plena floración, desprenden un inconfundible perfume a jabones. 




6. Olor del horno del pan. En los hornos del pueblo reinaba el olor a pan horneado, caliente, crujiente. Se aspiraba el aroma a harina tostada y a leñas de roble y encina en combustión en medio de ráfagas de anís de las rosquillas o de huevo de los dormidos. 




7. Olor del humo de las lumbres al amanecer. La lumbre olía, según la leña que entraba en combustión, a resinas de pino, a humo denso y asfixiante de enebro o sabina, a fuego noble de encina seca, a támaras de roble que crepitaban como las algayubas... 




8. Olor de las cortes, cuadras y corrales. Las cortes, cuadras, y el estiércol de los corrales apestaban barrios enteros cuando se removían. Y sin embargo el hedor de las materias en descomposición natural hería menos que las pestilencias nauseabundas de las letrinas y las cloacas de ciudad. 

9. Olor de los ganados. En algunas ocasiones hasta ocho o diez ganados ahijaban en el pueblo. Vivíamos con los efluvios constantes de más de mil ovejas. Los matices también los recordamos: no huele igual una oveja seca que una mojada, por ejemplo. 

10. Olor de los hongos. Cada especie de hongo presenta un tono distinto, pero, en general, los hongos nos recuerdan el olor de la madera, del mantillo del bosque, de la vegetación, los pinos y la resina. 




11. Olor de la verbena. El cobertizo que se construía en la plaza de Cuevas en los días anteriores a la fiesta del Cristo se confeccionaba con palos y ramas de roble, encina, chopo, olmo. El roble desprende fragancias a mohos, vino, madera, cartón perfumado… 




12. Olor del arrope haciéndose en el caldero. El mosto cocido, evaporado…, olía a azúcar tostada. Dulzón y empalagoso, es uno de los aromas más potentes que recordamos. 




13. Olor del cáñamo. Aunque la especie de cannabis cultivada aquí desde tiempos inmemoriales no es la que más principios estupefacientes tiene, todo el que entraba en un cañamar percibía bien la atmósfera exótica, hipnótica y ligeramente mareante de la plantación, efectos que se acentuaban cuando el cáñamo era agramado en la era. 




14. Olor de un pepino o de un tomate cogidos de la mata. Inspirar ante un pepino es aspirar un aroma a frescura, a limpieza y a verdor. El tomate huele a la mata que lo cría. Se trata de un aroma a verdor estimulante del apetito, con resonancias ácidas y alcohólicas.



 


15. Olor de la hoja y el fruto del nogal y la higuera. Sin ser un sabueso, el hombre del pueblo podría identificar estos árboles con solo olerlos. Quien se ha engarbado por el tronco de una higuera en busca de los carnosos frutos conoce bien ese olor fresco, cremoso, afrutado, y qué decir del nogal cuyos fuertes vahos se reconocen especialmente si manoseamos las hojas o si tratamos de machacar una nuez aún medio verde.






martes, 1 de septiembre de 2020

                                             TIERRA DE GIRASOLES

 


He visto la floración de los almendros en las laderas abancaladas de levante, he visto la floración de los cerezos, melocotoneros y perales en otras tierras, y puedo afirmar que cuando nuestros valles se tiñen de oro por la flor de los girasoles no tienen nada que envidiar a todos esos maravillosos paisajes.
Es cierto que girasoles hay en muchos lugares, pero la configuración del terreno, la vegetación que rodea los campos y los miradores naturales que ofrece nuestro pueblo permiten observar este fenómeno como si fuera un auténtico espectáculo.

 


Dos semanas al año. Durante aproximadamente un par de semanas de principios de agosto los campos de Cuevas de Velasco visten sus mejores galas. La vega y los valles que desembocan en ella se alfombran de tapices de oro.
El contraste con el verdor de los montes hace que estos espacios se asemejen a enormes ríos amarillos aparentemente inmóviles.


Los remiendos amarillos. A veces se alternan los campos de girasoles con los rastrojos y entonces se van sucediendo cuadros de matices alimonados con otros de tonos pajizos.


 

Horizontes de girasoles y encinas. En La Sierra crecen los girasoles en campos perfilados por márgenes de encinas, formando así cercados en los que miles de solecitos miran en la misma dirección al cielo, en busca de la salida del astro rey.


 


Escenarios de fantasía. El caminante avanza fascinado y a su paso van abriéndose caprichosos escenarios esmeralda y limón.

 




Cara y cruz. El mismo espacio fotografiado desde levante y desde poniente ofrece la cara, de tonos áureos y limonados, y la cruz, con matices más glaucos y verdosos.

 


El mirador de los sueños. El Mirador del Castillo nos ofrece en todo tiempo panorámicas espectaculares, pero los primeros días de agosto el paisaje eleva las emociones. Quizá no se diga en vano que la floración de los girasoles levanta el ánimo y ayuda a emprender nuevas metas.


Una planta que se siente a gusto aquí. Hemos visto muchos campos de girasoles, pero lo cierto es que en nuestro pueblo estas plantas que contagian alegría y optimismo ofrecen unas estampas magníficas.



Deshaciendo bulos. Los girasoles no siguen con su orientación el recorrido del sol en todo momento. Viran ligeramente cuando se abren y comienzan a crecer, pero una vez finalizan su crecimiento permanecen enfocados constantemente al Este. ¿Para qué necesitarían hacer esas cabriolas si con sus enaguas verdes, sus cabelleras limón y sus rostros anaranjados ya son de una belleza espectacular?



 

viernes, 28 de agosto de 2020

                             LAS  PIEDRAS  HABLAN


1. La Gran Milhoja. Este espectacular pastel de hojaldre podréis encontrarlo en el paraje llamado Los Covachones, por el Hondo de La Tejera.


2. ¿Escritura celtibérica?. 
¿Son garabatos casuales en la superficie de la roca? En realidad parecen signos de la escritura celtíbera… Antigua construcción, posiblemente un tejar, en el paraje llamado Cuesta del Coventillo, entre El Rebollar y El Huerto del Hurón.


3. Piedra con cueva. 
Curiosa cueva sin marcas de haber sido excavada por el hombre. Se puede visitar en el Collado de las Memorias, entre Valverde y Los Reajales, al pie del Cerro de Isaías o Sierra de la Greda.


4. El Ventano del duende. Abundan estas formaciones por el término de Cuevas. La roca arenisca, aquí mezclada con otros elementos, se erosiona con facilidad dando lugar a estos llamativos pasadizos. Los Covachones.


5. La piedra. Existe un paraje en Cuevas de Velasco llamado La Piedra. El nombre se debe a este peñasco desprendido hace siglos de la montaña. Adosado a este colosal mazacote de piedra se construyó un corral de ganado. Se llega hasta él por el Hondo de La Tejera.



6. El Bocadillo. Este conjunto de gigantescas losas emerge de la tierra como un espectacular sandwich. Zona de Los Covachones.
 


7. El Queso de Gruyère. En la zona alta de Los Covachones se alza este peñasco horadado con mil gateras y oquedades.






8. Los Callejones. La peñas se abren con el paso del tiempo dando lugar a callejones que parecen laberintos de piedra. Zona de El Llanillo, vertiente hacia Valdelahuerta.


9. La Tortuga. Este monumental quelónido de piedra avanza lento ladera arriba por la vertiente de Valdecastillejo del Cerro de la Horca.


10. Los Poyales. Al lado mismo del pueblo, poco más abajo de la Cruz del Cura, podéis observar estos anaqueles de piedra con su peculiar visera.


11. Judío orando. Este tipo parece estar orando en el Muro de las Lamentaciones. El LLanillo.



















jueves, 16 de julio de 2020




     LA “GRIPE ESPAÑOLA” EN CUEVAS DE VELASCO                                             (1918-1919)

Dibujo alusivo a la forma de propagación de la pandemia.
                           


Aún con la amenaza del coronavirus (Covid19) sobre nuestras cabezas, me viene a la memoria que el verano pasado anduve investigando en el Ayuntamiento de Cuevas de Velasco acerca precisamente de las causas que llevaban a la tumba a nuestros antepasados. 

Para empezar, debo decir que quería comprobar la incidencia de la famosa gripe española en Cuevas de Velasco. Así que consulté los libros de defunciones que se conservan en nuestro Ayuntamiento en los que quedaron anotados los nombres, direcciones, edades y causas de los fallecimientos. 

Ambiente de Cuenca en los años 20


Un pueblo en los años de la pandemia del siglo XX


Realicé un barrido general desde el año 1914 hasta el año 1930. De ese modo me aseguraba que podría realizar un estudio comparativo entre los años de la gripe (1918, 1919) y los años inmediatamente anteriores y posteriores. 



Contra lo que yo suponía, no hubo un aumento señalado de la mortalidad en el trienio 18-20, lo cual no quiere decir que algunas personas no falleciesen a consecuencia de la gripe, pues sabemos que, si bien Cuevas de Velasco no padeció de manera aguda ninguno de los focos importantes de contagio, la Administración sí envió al Ayuntamiento alguna dotación de fondos, aunque modestísima, para afrontar la pandemia. 

La tabla nos muestra el número total de fallecimientos registrados cada año, desde 1914 hasta 1931. La media de fallecimientos durante estos 18 años fue de 11 personas por año. Y, como puede observarse, en los años críticos de la gripe se registraron 8, 13 y 15 decesos, 12 de media, solo ligeramente por encima de la media general de esos años. 

En cuanto a las causas de los fallecimientos, hay que advertir que la ciencia médica no había alcanzado el desarrollo que tiene hoy. Certificar la causa de un fallecimiento a veces era una tarea ardua para un médico. He tomado solo algunas causas bien descritas. 

Por otro lado, pese a la terminología empleada, compleja para profanos, he preferido respetar los nombres antiguos de la enfermedades. 


Asignación oficial a Cuevas de Velasco para combatir la pandemia de 1918-1919.


Número total de fallecidos por año en Cuevas de Velasco, entre 1914 y 1931.


Principales causas de los fallecimientos en el primer tercio del siglo XX en Cuevas de Velasco
                      

Llaman la atención el fallecimiento de un niño de tres meses por raquitismo, la muerte de otro de un año a causa de las quemaduras sufridas en un incendio, o el caso de un vecino de 36 años, que se fue al otro mundo a consecuencia de “un choque traumático por haber sido atropellado por un tren sobre la vía férrea”. 

Publicación francesa que hace referencia a la grippe espagnole, gripe española.
                                                



En conclusión, la llamada gripe española, que, por cierto, hoy se da por seguro que comenzó en Francia o en Estados Unidos, no produjo una gran mortandad en Cuevas de Velasco. 

Las causas de los fallecimientos en esa época del primer tercio del siglo XX son mayoritariamente de origen digestivo y respiratorio. 

Foto de la época que invita a ponerse la mascarilla.


Cuando uno bucea un poco en la historia de aquella pandemia, se sorprende de que se hayan olvidado las duras lecciones. La verdad es que hoy día, con toda la información de que disponemos y una pizca más de disciplina de grupo se podrían evitar males mayores.